Toda
pieza escultórica supone un volumen en el espacio, que hay que valorar
tanto en sí mismo como en relación con el entorno; define cierta silueta
y genera una determinada masa, que puede sugerir tanto peso y solidez
como ingravidez o ligereza.
La
masa se afirma por medio de la superficie: ahí entran en juego los
valores táctiles, aunque percibidos a través de la vista, lo blando, lo
duro, lo terso, lo rugoso, así como el color.
La
apropiación del espacio que envuelve a la pieza puede venir
predeterminada, como consecuencia, en unos casos, del bloque que se toma
como punto de partida, o, en otros, del sometimiento a un determinado
marco arquitectónico. En ese sentido, es muy importante el emplazamiento
de la escultura, y por eso, en su contemplación, hay que tener siempre
en cuenta la distancia, el punto o los puntos de vista posibles, la
relación con otros elementos artísticos o naturales del lugar y, muy en
especial, la luz.
El
relieve es otra forma escultórica: existen altorrelieves, donde las
figuras salen de un fondo plano, y bajorrelieves, en cuyo caso el grosor
es inferior a la media figura, siempre sometidos a los mismos problemas
de representación que, en cada época, han regido para otras artes
plásticas, como la pintura.
