Por: Antonio Enrique González Rojas
El arcano arte de la escultura, sea el
prístino modelado en grácil barro, cincelado en recia piedra, tallado en dúctil
madera u otros materiales de guisa contemporáneamente artificial, es una suerte
de ínfula delirante del ser humano, encaprichado por igualarse al demiurgo que
lo conformó desde la primigenia argamasa. Sin llegar nunca a insuflar aliento
vital en las figuras y figuraciones resultantes, sí consigue dotarlas de
sentidos y saberes, pues las conceibe a imagen y semejanza de su microuniverso
perceptual, desde la íntima infinitud de su cosmovisión, de sus sueños,
pesadillas y obsesiones. Desde unos orígenes ocultos para los historiadores, las
breves Venus de Willendorf y Lespugue, de los sensuales bustos de la ibérica Dama
de Elche y la egipcia Nefertiti (conocido como La Mona Lisa de Amarna), de
los megálicos moái de la Isla de Pascua, los colosos
de Abu Simbel, los desaparecidos Coloso de Rodas y “Zeus” de Olimpia, el “David” y el “Moisés” de Miguel Ángel, “El Pensador”
y “El Beso” de Auguste Rodin, la
“Cabeza de Barcelona”, de Lichtenstein, susurran legados en los oídos de
creadores cubanos que contraponen y complementan la arquitectura humana en
espacios abiertos, públicos y bucólicos, con entidades de piedra, mármol,
metal, cerámica, cemento en estado puro o combinado, siguiendo cánones antropomorfos,
zoomorfos, amorfos o la mixtura bizarra de estos en busca de nuevos sistemas de
representaciones y semiosis.
