Por: Antonio Enrique González Rojas
El arcano arte de la escultura, sea el
prístino modelado en grácil barro, cincelado en recia piedra, tallado en dúctil
madera u otros materiales de guisa contemporáneamente artificial, es una suerte
de ínfula delirante del ser humano, encaprichado por igualarse al demiurgo que
lo conformó desde la primigenia argamasa. Sin llegar nunca a insuflar aliento
vital en las figuras y figuraciones resultantes, sí consigue dotarlas de
sentidos y saberes, pues las conceibe a imagen y semejanza de su microuniverso
perceptual, desde la íntima infinitud de su cosmovisión, de sus sueños,
pesadillas y obsesiones. Desde unos orígenes ocultos para los historiadores, las
breves Venus de Willendorf y Lespugue, de los sensuales bustos de la ibérica Dama
de Elche y la egipcia Nefertiti (conocido como La Mona Lisa de Amarna), de
los megálicos moái de la Isla de Pascua, los colosos
de Abu Simbel, los desaparecidos Coloso de Rodas y “Zeus” de Olimpia, el “David” y el “Moisés” de Miguel Ángel, “El Pensador”
y “El Beso” de Auguste Rodin, la
“Cabeza de Barcelona”, de Lichtenstein, susurran legados en los oídos de
creadores cubanos que contraponen y complementan la arquitectura humana en
espacios abiertos, públicos y bucólicos, con entidades de piedra, mármol,
metal, cerámica, cemento en estado puro o combinado, siguiendo cánones antropomorfos,
zoomorfos, amorfos o la mixtura bizarra de estos en busca de nuevos sistemas de
representaciones y semiosis.
La esculturas monumentarias alegóricas de
carácter político, histórico, cultural y hasta industrial; las esculturas
ambientales de sesgo ecológico, urbano y costumbrista abundan en Cuba, ubicadas
tanto en los corazones citadinos: Rita Longa con su “Virgen del Camino” y la “Ballerina” de Tropicana; Mateo Torriente y su “Balcón” del edifico de Arte Cubano del Museo
de Bellas Artes; la “Escultura monumental cinética” de Osneldo García ubicada en el Teatro Nacional de Cuba; las
personalidades y personajes de José Villa Soberón esparcidos por toda Cuba;
como en los espacios naturales más insospechados: Jilma Madera y su busto de
José Martí emplazado en el Pico Turquino; Ángel Íñigo, autor del Zoológico de
Piedra, en Guantánamo; Alberto Lescay y su “Monumento al Cimarrón”, alzado en
la santiaguera región de El Cobre. Esta manifestación de ciclópea factura ha
transitado desde el neoclasicismo más correcto hasta el posmodernismo renegador
de toda clasificación convencional de las Bellas Artes, con(vergiendo)viviendo diversos
estilos, estéticas e ideas, sin renunciar nunca a la armonía contextual, al
diálogo con el entorno y las personas que los recurren.
Dicha orgánica cópula estética entre figura, concepto
y espacio se puede apreciar en varias obras emplazadas en espacios
cienfuegueros, como los alrededores del Hotel “Pasacaballo”, custodiados,
amenazados (¿?), recorridos a la terrible velocidad de un centímetro/eón, por
un inquietante crustáceo, mutante absurdo quizás presentido por el Bosco
durante algún insomnio o por Magritte durante la duermevela. Varios de los
dédalos montañosos del Guamuhaya cienfueguero convergen en tres hongos viriles,
uno de ellos antropomorfizado por adosados brazos de una rudeza miguelangélica,
cual Moisés fúngico que guía a la naturaleza en éxodo interminable hacia una
tierra prometida, no hozada aún por el “homo sapiens”.
Los
estudiantes del Instituto Superior Pedagógico “Félix Varela”, de Villa Clara,
se sienten acompañados y señalados por el “Pensante”, apropiación dactilar del
referente original de Rodin. Esta apelación laudatoria a la mano, instrumento
ejecutor de la consciencia humana, deviene secuela complementaria y expansiva
del vanguardista decimonónico “El Pensador”, sin ser desdeñado el guiño lúdico,
inherente a muchas de las acciones artísticas del postmodernismo y de la
idiosincrasia cubana en general. Piezas como las mencionadas fueron frutos de
la hidra creativa autobautizada “Los Mutantes”, cofradía compuesta
principalmente por los creadores Arcadio Tomás Capote, Alberto Sánchez Lago y
Juan García Cruz, en plena transición del milenio. Su obrar colectivo transcurrió
aproximadamente entre los años 1998 y 2001.
Adscritos a técnicas y materiales
convencionales como la roca y el cemento, estos creadores concentraron la
autenticidad de sus obras, aun visibles y en bastante buen estado, en las atrevidas
formas generadas por la singular imaginería grupal, en el imprescindiblemente
alto potencial comunicativo para con los públicos, la plática orgánica con el
entorno arquitectónico y natural, o sea su armonía con los espacios, dada casi
siempre en el caso de marras, por el contraste y/o la sorpresa de hallar
ocupado un discreto banco de una placilla universitaria por dos amorosas manzanas
cuya humanidad no se limita a la actitud cómplice, sino que se explaya con
agudo gracejo en los bien moldeados traseros, así como se tornan realmente
inquietantes los pies que hacen avanzar al surrealista “macao” de Pasacaballo,
pues lo perturbador o atemorizante de alguna creación o fenómeno natural que se
revela desconocido e inaprehensible para los acervos gnoseológicos de los
receptores de turno, tiende a aguzarse cuando contiene elementos conocidos pero
trastocados de sus comunes funciones o ubicaciones, reconjugados con otras partes,
bien totalmente ajenas e inclasificables, bien pertenecientes a un orden
natural divergente.
Precisamente, este principio de retorcer el
cuerpo humano, medida de todas las cosas y símbolo del equilibrio universal, ha
regido en gran medida la mítica humana, plagada de monstruosidades híbridas
como las propias sirenas (mujer-pez), los centauros (humano-caballo), la esfinge
(mujer-león-ave), el minotauro (hombre-toro) las gorgonas (mujer-serpiente), la
mantícora (humano-león-dragón-escorpión), la arpía (mujer-ave), hasta el muy
conocido licántropo (hombre-lobo), con representantes cubanos como la
mujer-puerca o el niño del diente largo, referidos por Feijóo y Batista Moreno
en sus estudios.
Tal voluntad de incordiar (nunca epatar) la
estereotipada monotonía del cosmos cotidiano, de tender emboscadas a las
percepciones anquilosadas por el sosiego rutinario, trasuntan las piezas más
significativas de “Los Mutantes”, como suerte de rejuego preceptivo que apela a
la capacidad de asombro y misterio, que remiten a lo inacabado de cualquier
modelo del mundo que nos construyamos, siempre acechado su precario equilibrio
por nuevos sucesos y fenómenos que le abrirán las entendederas a nuevas
dimensiones de lo real.
Como obras ambientales, la propia
contraposición de estas piezas de biológica simetría (o sea, libres de todo
atisbo de línea o ángulos rectos) con las sobrias y escuetas estructuras del
hotel y las universidades referidas, secuelas pragmáticas de una época de
crisis aún no finalizada para la arquitectura cubana de los últimos 60 años, muy
lejos de Gaudi, Niemeyer o el propio cubano Porro, suaviza un tanto el agobio
de tantos y laberínticos paneles, engarzados como un monótono LEGO, cual
chispeante alegoría del triunfo de la vida y la imaginación creativa sobre la eterna
tautología igualitarista.
