viernes, 21 de diciembre de 2012

Salón del Mar, a la brisa de la bahía de Cienfuegos

A propósito de cada Jornada de la Cultura Cienfueguera, celebrada todos los años en el mes de abril, en homenaje a la Fundación de la Ciudad de Cienfuegos (22/4/1819), el emblemático Museo Naval ubicado en el Antiguo Distrito Naval del Sur de la Marina de Guerra Cubana en Cayo Loco en la propia ciudad, convoca al “Salón del Mar”, que se desarrolla en este museo desde la década del 80 del siglo pasado.

Justo a la orilla de la Bahía de Jagua, en este histórico lugar, existe una exposición permanente que ha acumulado a lo largo de los años los primeros tres premios de cada concurso, donde se aprecia una muestra de arte contemporáneo, en la que destacan importantes artistas de la plástica en el territorio siempre con la temática marinera como se explica más adelante por el escritor cienfueguero Alejandro Cernuda, quien estuvo a cargo de las palabras del catálogo. 

En abril de 2012 fue Arcadio Tomás uno de los participantes del certamen quien concursó con una obra llamada “La muerte de una sirena”, dibujo realizado en tinta sobre cartulina e influenciado por la cultura danesa que tanto media sobre el artista. En el Salón participaron además los artistas cienfuegueros César Arias Urquiza, Basulto Caballero, Juan Carlos Bocanegra, Alexander Cárdenas, Osmany Caro Yulls, Mario Cruz Moscoso, Osvaldo González, Adrian Daissón, Fidel Reina Palacios, entre otros.

A continuación las palabras del catálogo escritas por Alejandro Cernuda y que están publicadas en su sitio personal www.acernuda.com

De Jan Sluijters al Salón del Mar

En célebre novela uno de los contendientes se niega a efectuar un partido de damas porque no soporta el juego, donde existen las mismas reglas para ambos ejércitos. Todos los eventos competitivos, debido a sus leyes, exigen cierta flexibilidad de los participantes. Es preciso, en el Salón del Mar, una obra de tema marítimo. Como es lógico y humano los pintores –los buenos- que no sientan afinidad por el tema buscarán variantes dentro de la imaginación con tal de comulgar su concepto interno de la forma y el contenido. Esto debe suponer, entonces, una variedad de estilos apuntando a un mismo tema, al menos en teoría. Quien logre hacerlo sentirá el alivio de vivir en tiempos donde la validación del arte ha tenido un corrimiento hacia lo formal. Pero ojo ¿no era Spengler quien decía que una cultura estaba en crisis cuando la gramática y las preceptivas le ganaban de la mano al contenido?
En el año 1904, Jan Sluijter, un pintor desconocido por esa época y olvidado hoy, obtuvo el Premio de Roma con el más académico de sus trabajos. Una pintura de estilo barroco y tema religioso. Nunca más intentó algo igual. Tras recorrer todos los estilos que se sucedieron en la primera mitad del siglo XX, llegó a alcanzar fama de pintor ecléctico, difícil de encasillar; sin embargo, aquel cuadro del Premio de Roma, su primer gran éxito –sin dudas un trabajo encargado a sí mismo, solo con miras a participar en el concurso- subyace al inicio de su carrera como una estrambótica contradicción para quienes no conocen su génesis. Conocí su obra y esta objeción una mañana en Laren, Holanda, un pueblo, crecido a la vera del lago, la cercanía de Ámsterdam y las cadenas televisivas de Hilversum. Es uno de los sitios de Europa, me imagino, de más millonarios por kilómetro cuadrado, algo así como Malibú, pero sin su famoso cartel de bienvenida: "la vida es muy corta para pasarla fuera de aquí" Se presentaba una exposición del artista y un amigo me invitó. Pese a que era típico de muchos pintores saltar de una corriente artística a otra, nunca vi tal promiscuidad en un solo autor. Pintó desnudos, paisajes, negros, retratos, carteles, y todo de un estilo a otro, tal vez una sola constante, cuando pintaba a su esposa volvía un tanto a la academia, en la pose, la expresión tácita del rostro, los colores del vestido. Descubrir esa constante nos alivió a los dos.
 
Este mar que no alimenta lo suficiente ni lleva a ningún sitio; y sube y baja y amenaza y parece protestarle a la ciudad el espacio robado, la basura, la indiferencia. El agua entra por el corredor entre el Castillo y Pasacaballos y  se duerme para engañarnos, como una amante dócil y embustera, trata de pasar desapercibida en su esencia de ser parte mínima del mar Caribe para ostentar singular importancia entre nosotros. Esta ciudad de puerto y playas, de malecón y fantasma de marina de guerra insubordinada cada cinco de septiembre. Ciudad de pescadores que improvisan cada día sus artes de pesca con arreos que el mismo mar desprecia.
Estos pintores que pescan, unos la luz, otros las expresiones y los más las circunstancias. Este salón del Mar, dentro de un museo que tiene más de guerra que de arte. En este museo deben repetir los críticos que de nuevo está Donatello entre las fieras, como si volvieran los tiempos del fauvismo y el verde limón, en la muestra de los pintores del mar llegan los azules, los trazos gruesos, el manierismo. Cada obra no solo es una manera distinta de ver el mar, sino también tantos mares como obras y más, mares que se miran y se enfilan mientras esperan.
Alejandro Cernuda

Con esta pequeña apoteosis dio comienzo el Salón del Mar del pasado abril. Esta suerte de exposición se realiza todos los años en el museo naval de la Ciudad de Cienfuegos. Si leemos con detenimiento los párrafos anteriores, comprenderemos que el autor habla en términos generales. Se esconde en el panegírico, un conocimiento libresco y en el énfasis en lugares comunes debido a su total desconocimiento del suceso. Es un fenómeno común el uso de las figuras retóricas para solucionar los problemas de información… Pero eso no viene al caso, ¿o sí?