Si lo pensamos
bien, ni siquiera pudiéramos imaginar que en la congelada y lejana Islandia se
pudieran desarrollar estos maravillosos animales. Es lo que dejarán emplazados esta vez en Sydfyns Frifagskole, Dinamarca,
los integrantes del Grupo Katey, Arcadio Tomás Capote y Rubén Peña.
Muy parecidos a
los ponis, estos salvajes caballos sobrevivieron en 1780 al Móðuharðindin, una erupción del volcán Laki,
por lo que una buena parte de la población autóctona equina, desapareció.
Nacida de los
ponis de los escandinavos entre los siglos IX y X, la primera referencia a esta
raza se encuentra en el XII, cuando estos caballos eran objeto de culto en la mitología
nórdica.
Es la única
raza indígena de Islandia, pero se fue difundiendo en muchas partes del mundo,
y también existen poblaciones considerables en otras partes de Europa y de Norte
América. En Islandia se usa en las labores agrícolas, en muestras equinas, en
la hípica y también para el consumo de su carne.
El caballo
islandés es resistente y sufre pocas enfermedades. La legislación islandesa
prohíbe que los ejemplares exportados regresen a la isla, para prevenir
posibles contagios. Tiene además la característica de conocer dos maneras de
andar suplementarias además de las tradicionales paso, trote, canter y galope.
Su aspecto
actual se debe a siglos de selección natural y genética. Hoy la raza está
representada por organizaciones en 19 naciones, reunidas en la Federación Internacional
de las Asociaciones del Caballo Islandés.




